Juan Carlos González A.
Publicado en la revista Arcadia No. 77 (Bogotá, febrero-marzo, 2012). Pág. 22
©Publicaciones Semana, 2012
No es fácil ser Michel Hazanavicius en estos días. Pese haber sido reconocido por su excelso trabajo con El artista –incluyendo el decisivo premio del Directors Guild of America-, en la categoría del premio Oscar al mejor director este hombre (candidatizado por primera vez) se enfrenta a Martin Scorsese, Woody Allen y Terrence Malick. Siquiera que ahí no está Steven Spielberg, pues ya eso hubiera sido demasiado.
El reconocimiento a las virtudes de la veteranía es la señal más clara que han dado estas nominaciones a los premios de la Academia y los ya otorgados Globos de Oro. Y eso es raro en un medio como el del cine, donde todo parece tener fecha de caducidad, sobre todo el polvo de estrellas. Pero existen dinosaurios de un talento tan enorme que jamás mueren: hay directores de cine que no saben -ni tienen porqué saberlo- lo que es el retiro y que van a trabajar hasta que sus fuerzas aguanten.
Spielberg (65 años), uno de los hombres más poderosos de la industria –a través de su productora Amblin y de su estudio Dreamworks- y que hacía tres años no rodaba, de repente aparece con dos películas –Las aventuras de Tintín y Caballo de guerra- y consigue 7 nominaciones entre ambas; Scorsese (69 años) que ya no necesita probarle nada a nadie y que se ha convertido en adalid de la preservación del patrimonio fílmico mundial a través de The Film Foundation, no deja, sin embargo, de reinventarse, ahora ha hecho Hugo, su primera película en 3D y dirigida a toda la familia; Allen (76 diciembres) lleva ya cuarenta y tres años de incontenible producción, traducida en cuarenta largometrajes, el más reciente de los cuales –Medianoche en París- se ha convertido en su película más taquillera de los últimos 25 años; Malick (68 años) que trabaja con la paciencia de un lutier medieval, aparece ahora con su quinta película, nunca antes más ambicioso, críptico y premiado: El árbol de la vida fue Palma de oro en Cannes, Grand Prix de la Fipresci y fue elegida como el mejor filme del 2011 por los críticos de Film Comment y Sight and Sound, las revistas de cine más influyentes de los Estados Unidos e Inglaterra. Aunque misteriosamente no fue nominado a ningún premio, Clint Eastwood (81 años) presentó el año anterior otro biopic de gran factura, J. Edgar, un escalón más en su consagrada carrera como realizador, que lo hace digno seguidor de la senda de maestros como Ford, Hawks o Huston. Y ni que decir del incombustible Roman Polanski (78 años), que entre las cenizas de su escándalo más reciente presentó con mucho éxito El escritor oculto (The Ghost Writer) y le alcanzó el impulso para estrenar ahora Carnage, otra cinta ignorada por los Oscar.
La apenas obvia renovación generacional (Lee, Soderbergh, Van Sant, Jarmusch, Tarantino, los Coen, Paul Thomas Anderson, Wes Anderson) no implicó el derribar los ídolos consagrados, ni volver obsoletas sus propuestas. No los miraron con venerable condescendencia, sino con respeto y hasta con temor. Hubo por ello una convivencia paralela, no una revolución. Ante las nuevas voces, los veteranos enarbolaron su poder económico, la confianza de los productores y del público, la obstinación de la mirada, la vitalidad y consistencia de sus narraciones, las ganas de seguir vigentes. No había como cerrarles la puerta, por fortuna. El resultado ha sido un panorama amplio de propuestas fílmicas, de lo vanguardista a lo clásico, donde el beneficiado es un público que tiene de donde escoger, obviamente dentro de los esquemas comerciales que el cine norteamericano suele trazarse. Para riesgo creativo mayor, por favor dirigirse a algunos países de Europa y Asia.
En los años sesenta el sistema de estudios en los Estados Unidos entró definitivamente en crisis y el “nuevo Hollywood” pudo irrumpir aprovechando esa coyuntura no solo económica sino también social. Aparecieron productores como Bert Schneider, autores como Arthur Penn, Hal Ashby, Peter Bogdanovich y Francis Coppola, y aventureros como Dennis Hopper y Peter Fonda. Añádase el clan Manson, Vietnam, alcohol, LSD y mucha cocaína. El cine y sus autores ya no fueron los mismos. Sin embargo esa aventura romántica se fue a pique el día que Spielberg echó al agua su Tiburón. Llegaba la época del show y de los negocios.
En lo que va del siglo XXI las cosas en Hollywood no han variado mucho desde ese momento. Bueno, sí, algo ha cambiado: la tecnología digital ha ensanchado las posibilidades del espectáculo en detrimento de las buenas historias. Directores nuevos van y vienen, pero los creadores consolidados no han dejado de producir y tener fe en lo que hacen. Eso es lo que ha reconocido la Academia Artes y Ciencias Cinematográficas.
¿Será que esto habla más bien de la falta de sucesores a la altura? Talento joven hay. Más bien alegrémonos de ver aún en acción tan imbatibles dinosaurios de celuloide, sin ganas de ser piezas nostálgicas de museo.

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