Juan Carlos González A.
Publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, 22/12/11). Pág. 26
©Casa Editorial El Tiempo, 2011
Es el 8 de abril de 1975 en Los Ángeles. Bert Schneider recibe el premio Óscar al mejor documental, Hearts and Minds, que él coprodujo. Lo acompaña en el escenario Peter Davis el director del filme. En vez del acostumbrado discurso, Schneider lee un telegrama del embajador Dinh Ba Thi, jefe de la delegación del gobierno revolucionario provisional de Vietnam del Norte en las negociaciones de paz que tenían lugar en París. “Saludos de amistad a todo el pueblo americano”, afirmaba el mensaje que causó instantánea controversia.
Pero no era una pose con fines mediáticos la que el productor hacía: era un gesto muy consecuente con sus polémicas ideas radicales de izquierda, que lo convirtieron años antes en uno de los principales gestores del “nuevo Hollywood”. Lo más curioso es su origen: era hijo del presidente de Columbia Pictures, Abraham Schneider, que lo nombró en la división de televisión de la empresa, Screen Gems. Pero Bert estaba inconforme: en 1965 renunció a la institución y se unió a Bob Rafelson y a Steve Blauner para formar una nueva compañía productora, BBS.
Como bien dice el periodista y escritor Peter Biskind en un artículo publicado en la revista Vanity Fair el viernes 16 de diciembre: “Si, como un buen muchacho, Schneider hubiera sucedido a su padre en la gerencia en vez de irse hacia el lado oscuro, no habría habido Dennis Hopper, ni Peter Bogdanovich, ni Jack Nicholson o George Lucas”.
Tras ganar considerable fama y prestigio con el seriado televisivo del ficticio grupo musical The Monkees, Schneider confió en Hopper y en Peter Fonda e invirtió menos de $400.000 dólares para rodar Easy Rider (1969), la película ícono de la contracultura hippie de los años sesenta, un monumental éxito que para 1972 ya había recogido 60 millones de dólares en todo el mundo y que abrió la puerta para que se colara toda una nueva generación de realizadores que renovaron el cine norteamericano.
Schneider produjo para Rafelson Mi vida es mi vida (Five Easy Pieces, 1970); para Nicholson su debut como director Drive, He Said (1971); para Bogdanovich la nostálgica La última película (The Last Picture Show, 1971) y para Terrence Malick la esplendorosa Días de gloria (Days of Heaven, 1978).
Prefirió retirarse de la escena pública –entre matrimonios fracasados, prejuicios políticos, drogas y excesos- cuando ya el cine era otra cosa, menos soñadora y artesanal. Una neumonía se lo llevó para siempre el pasado 12 de diciembre. Tenía 78 años. El cine le agradece su fe.

1 comentarios:
La verdad no tenía ni idea de que este señor había tenido un papel tan determinante en el Nuevo Hollywood, quizás por la fijación hacia quienes estuvieron delante de las cámaras y no detrás de ellas. Gracias por compartir esto, Juan.
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