jueves, 31 de marzo de 2011

Un beso para Liz


Juan Carlos González A.

Publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, 31/03/11). Pág. 22

Las notas de la prensa nacional que han dado cuenta del fallecimiento de Elizabeth Taylor –excepto un inteligente texto escrito por Sandro Romero- se centran en los escándalos, excesos y romances que hubo en su vida, pero ninguna de las que he leído se refiere a su obra, a las películas que esta mujer hizo y que son, en últimas, su legado. Cuando pasen los años, es probable que no recordemos cuantos maridos tuvo, pero sus filmes seguirán ahí, dispuestos a establecer un bienvenido diálogo entre el cine clásico y el contemporáneo. 

Que nadie dude que su exquisita belleza y su sensualidad inocultable influyeron en el éxito de su carrera, pero ella no se conformó con quedarse en la epidermis, y entre 1951 y 1967 fue una de las actrices más consagradas de su generación, una mujer que asumía retos actorales sin temor alguno. Tras los papeles infantiles (National Velvet) y de adolescencia (El padre de la novia), a los 18 años apareció suntuosa en Un lugar en el sol y desde ahí empezó a brillar tanto como el astro que dio título a ese filme trágico de George Stevens, en el que es imposible despegarse de ella, esa Angela Vickers que es mezcla de inocencia, rebeldía y ambición social. 

En los roles de arribista parecía encajar sin dificultad, como lo demostró en La gata sobre el tejado de zinc, luchando por el amor apático de su esposo y la fortuna de su suegro. Liz tenía el nervio y la entraña para ser digna de expresar las emociones que las obras complejas de un autor como Tennessee Williams exigía (tal como volvió a demostrarlo, llena de traumas sin resolver en De repente en el verano). 

En esos roles se le veía sin paz, buscando una felicidad muy esquiva, quizá porqué engañándose a sí misma nunca iba a encontrarla, como lo confirmó en Una mujer marcada (Butterfield 8), el drama de esa modelo de modas que no se atreve a llamarse prostituta, y que prefiere cerrar los ojos frente a lo evidente para no descubrirse frágil. Su sinceridad le valió un Oscar que revalidó seis años después en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, fuego cruzado interpretativo con Richard Burton en una volcánica demostración de que era capaz de cualquier cosa, como enterrar la belleza y los atributos de sus 34 años de edad, en pro de la verosimilitud que la película requería. John Huston aprovecharía esa vocación suicida para hacerla brillar de nuevo, junto a Brando, en Reflejos en un ojo dorado.

No lo duden, es su luminosa trayectoria la que la hará eterna. Va un beso, Elizabeth. Descansa ya.