jueves, 30 de diciembre de 2010

La maleza que todo lo consume: Las hierbas salvajes, de Alain Resnais


Juan Carlos González A.

Realmente la expectativa era enorme. Era la película más reciente de Alain Resnais, el viejo veterano de la nueva ola francesa que con esta obra otoñal ganó “el premio excepcional” del jurado de Cannes en 2009 y ante la cual la crítica se ha puesto de rodillas con generosidad (y casi con temor reverencial). Pero termino de ver Las hierbas salvajes (Les herbes folles, 2009) y lo primero que pienso es que Resnais nos ha hecho una broma a todos, sobre todo a los se han tomado con demasiada seriedad un divertimento narrativo que es muy suyo y por eso mismo bastante ajeno para todos los demás -incluyendo los espectadores- invitados de piedra a una obra autoindulgente, muy lejana a la pieza maestra que otros han visto. Abandonando los “grandes temas”, Resnais se da el lujo de optar por una película leve y obvia por momentos.

No niego que tiene una arranque poderoso y que la voz en off de ese narrador omnisciente típico de Resnais (interpretado acá por Edouard Baer) le da un ritmo entre inquietante y absorbente a esta historia de permanentes y confusos encuentros y desencuentros amorosos entre dos adultos, el misterioso Georges (un veterano André Dussollier) y la indolente y excéntrica Marguerite (Sabine Azéma, esposa de Resnais), donde a partir de una anécdota en la que el azar jugó sus cartas, se da paso a la descripción de una obsesión romántica incomprensible, sobre todo por lo inesperada e ingenua. 

Algunos podrían decirme, con razón, que el amour fou no necesita de lógica alguna y menos en un filme con ciertas pretensiones cómicas, pero yo creo que por lo menos debe haber algo medianamente comprensible que lo encienda, de ahí que piense que la falta de reales motivaciones de los personajes es una de las carencias más lamentables de una película que cambia de tono varias veces, pasando de lo banal a lo dramático y viceversa sin bochorno alguno y sin lograr nunca capturar la atención sobre una historia demasiado disparatada y unidimensional como para que nos importe, a pesar de un excelente reparto (el director pone en papeles secundarios a dos grandes como Emmanuelle Devos y Mathieu Amalric) y un trabajo fotográfico de gran belleza a cargo de Eric Gautier. 

Incluso el luctuoso destino final de los personajes –y Resnais y todos los admiradores de su cine me perdonen- parece por momentos un alivio, pues otra nueva vuelta de tuerca a este amor imposible y desgastante era intolerable. Sobre ellos (y sobre nosotros, no cabe duda alguna) caerá lentamente la maleza, esa hierba salvaje que todo lo consume.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La "duda" de Fritz


Juan Carlos González A.

Publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, 23/12/10). Pág. 20

Lo primero que sorprende al ver Más allá de la duda (2009), el thriller de Peter Hyams actualmente en cartelera en el país, es que en los créditos iniciales aparece -remozada- la animación del logo de la RKO, la mítica compañía productora fundada en 1928 y disuelta treinta años después.
No es un homenaje nostálgico. La RKO 'resucitó' en 1989 con un perfil mucho más modesto, y de un tiempo para acá se dedica a hacer remakes de sus filmes clásicos, como ya ocurrió con Mighty Joe Young (1998), Are We Done Yet? (2006) y ahora con Más allá de la duda, una pálida actualización de Beyond a Reasonable Doubt (1956), de Fritz Lang. Comercialmente, la nueva RKO tiene derecho a vampirizar las películas de su catálogo, pero es una lástima que ese tipo de cosas pasen, pues el público no sabe cuál es la fuente primaria de la cinta que está viendo y supone que es un producto original, no una copia.
Un remake tiene ese inconveniente: toma solo la cáscara de la película original, suprimiéndole el contexto (histórico, social, cinematográfico) que la rodeó. Queda la anécdota argumental, no la esencia creativa. Y eso es más doloroso cuando se trata de rehacer una película de Fritz Lang, precisamente la última de su exilio norteamericano.
Este autor emigró a los Estados Unidos, con una escala en París, luego de recibir de parte de Joseph Goebbels tanto la noticia de la censura de El testamento del Dr. Mabuse (1933), como la oferta de convertirse en el cineasta oficial del régimen nacionalsocialista (historia donde hay más de mito que de realidad). La MGM le dio la oportunidad de debutar en 1936 con Fury, y durante los siguientes veinte años se convirtió en agudo crítico del sistema de justicia de la nación que lo adoptó: la doble moral, la ambigüedad de la interpretación de la ley, el concepto de culpa, la posibilidad de ser acusado falsamente o de cometer un delito y quedar impune fueron temas que lo apasionaron; construyó un universo fatalista, donde sus personajes deben luchar contra un destino que parece inexorable.
Títulos como Solo se vive una vez, El regreso de Frank James o While the City Sleeps hacen parte de una filmografía de un fuerte componente social, donde Beyond a Reasonable Doubt constituye un experimento brillante de inversión de los roles de culpa e inocencia. En tan solo 80 minutos, Lang desnuda las grietas del sistema penal acusatorio en una fábula llena de ironía y pesimismo, que la nueva versión -que el tiempo olvidará- desdibuja y tergiversa.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Canibalismo forzado: Red social, de David Fincher



Juan Carlos González A.

¿Cómo hacer una película interesante sobre un personaje que no lo es? Porqué Mark Elliot Zuckerberg no es exactamente un protagonista atractivo con el que el espectador se vaya a identificar o por lo menos a parecerle simpático. Engreído, soberbio, introvertido y torpe, Mark Zuckerberg hace hasta lo imposible por ser un absoluto patán (por no darle el apelativo más vulgar –pero probablemente más justo- que dos mujeres le dan a lo largo del filme). No sería entonces el personaje ideal para convertirlo en el núcleo de un relato cinematográfico. A menos que… sea el fundador de Facebook, y por ello generador de una paradoja digna de llevar a la pantalla: la de un hombre socialmente inepto que gestó el más poderoso entramado social del planeta, que ya supera los 550 millones de afiliados y seguidores.

La tentación de hacer una película directamente sobre Facebook era sin duda enorme y no dejo de pensar en el muy seguro éxito de una comedia romántica sobre un estudiante norteamericano en París que atraviesa el planeta en medio de miles de peripecias para encontrar a una mexicana que vive en Australia y que conoció por Facebook gracias a amigos e intereses comunes. El suceso de taquilla es seguro… Sin embargo David Fincher y su guionista, el muy galardonado Aaron Sorkin, no cayeron en la trampa y optaron por un abordaje diferente, mucho más elaborado y arriesgado, sobre todo por la evidente frustración que iba a sentir un sector del público, defraudado en sus expectativas de encontrar una película convencional (predecible y rosa) sobre Facebook.

Pero no olvidemos que esta es una película de David Fincher, un director muy interesado en los personajes marginales, los freaks, los que no se adaptan ni se resignan. Y Mark Zuckerberg cumplía todos esos requisitos, incluido el del "canibalismo forzado" que practica quien desee llegar solo a la cima. La biografía de un hombre de apenas 26 años no daba para un largometraje (a menos que se quisiera incluir información familiar irrelevante), de ahí que se optó por una propuesta narrativa que expandiera los hechos y las anécdotas relacionadas con la génesis de la página web, apoyándose en una serie de flashbacks alternados dentro de dos largas secuencias diferentes relacionadas con sendas demandas civiles que Zuckerberg afrontó y que no se nos aclara qué tan simultáneas o separadas en el tiempo sucedieron.

La fragmentación temporal y testimonial de lo narrado no solo añade complejidad a la estructura argumental, sino que además suma el interés de saber cómo saldrá nuestro antihéroe de tales enredos jurídicos, los cuales asume con una mezcla de displicencia y seguridad asombrosas, impasible ante los abogados como impasible es frente a cualquier situación que se le presenta. La mirada vacía del actor Jesse Eisenberg –interpretando a Zuckerberg- es fascinante y atemorizante a la vez: muestra la distancia y la frialdad de quien se sabe con la razón, y por ello no necesita dar explicación alguna, diferente a ofrecernos algún destello de ironía. El resultado es fascinante, tanto por la explicación de los orígenes diversos de una buena idea, como por la indagación antropológica que hace Red social de lo que nos une y nos convoca en este siglo.

¿Y en últimas qué fue Facebook en este filme? No exactamente un MacGuffin como Hitchcock lo planteó, sino una suerte de “Rosebud” a lo Welles en Ciudadano Kane. En manos de Zuckerberg, Facebook fue inicialmente un acto de venganza, luego un anzuelo y ahora una plegaria con los dedos cruzados…

jueves, 16 de diciembre de 2010

François Truffaut: Filmar los sentimientos crecer


Juan Carlos González A.

Publicado en el Catálogo del XI Festival de Cine y video de Santa Fe de Antioquia (2010). Págs. 101-103

“Mi juventud no fue una vida de mártir pero tampoco fue feliz. Y encontré un inmenso refugio en la literatura y en el cine. Naturalmente he cambiado a lo largo de mi vida, pero no en lo esencial. Cuando era joven no me gustaban los adultos, ni la vida social, ni la política. Y ahora sigo sin tener relaciones con ese tipo de gente que quiere regir las vidas de los demás. Continúo interesándome únicamente por el cine y la literatura”, escribía François Truffaut en 1970.
Ese amor —ahora lo entendemos— lo salvó al lograr un auténtico milagro: convertir a un joven sin rumbo, sin lazos familiares fuertes y casi sin educación, en un creador fundamental del cine del siglo XX. Aunque él no lo creyera, todo confluyó a su favor: la aparición de mucho cine previamente censurado durante la Segunda Guerra Mundial, pero que ahora estaba disponible para ser devorado; súmese a esto la ampliación de la Cinemateca Francesa a finales de los años cuarenta, la aparición en 1951 de Cahiers du Cinéma y con ella el apoyo irrestricto y paternal de André Bazin, un intelectual que tuvo fe en un muchacho apasionado como él. Lo rodearon además otros jóvenes de diverso origen pero con la misma sed cinéfila, como Godard, Chabrol, Rohmer, Resnais, Vadim… El caldo de cultivo estaba listo para generar una metamorfosis y Truffaut no fue inferior a las fuerzas que lo gestaron.
De niño rebelde y delincuente juvenil se transformó en una primera etapa en crítico de cine y desde su mítico ensayo Una cierta tendencia del cine francés, publicado en Cahiers en enero de 1954, se declaró en pie de guerra contra lo establecido. Escribía a un ritmo febril unos textos demasiado pasionales para su propio bien; era moralizante, se creaba enemigos gratuitos, cortejaba galante a sus divas de celuloide, protegía sin rubor a los realizadores amigos y empezó —junto a sus compañeros de Cahiers— a reconocer y a admirar al director como autor, como responsable absoluto de la mirada que tenían las imágenes que veían.
En una segunda transformación, él y los demás críticos se convirtieron en realizadores. Era algo que tenían que hacer. Querían un cambio de rumbo, querían navegar otras aguas, querían que una nueva ola sumergiera al cine francés y ahogara al que no pudiera nadar como ellos. Los años sesenta se veían aparecer en el horizonte y el cine clásico se moría entre estertores. Ya Rossellini había hecho Viaggio in Italia; Anderson, Reisz y Richardson habían gestado el free cinema desde el National Film Theatre en Londres, Fellini preparaba el golpe maestro de La dolce vita. Faltaban ellos y por eso surge —para empezar— El bello Sergio, Hiroshima mon amour y, claro, Los 400 golpes.
Truffaut debuta con una denuncia que es una mezcla conmovedora entre recuerdos autobiográficos de infancia y las soledades y los dolores comunes a muchos jóvenes tan abandonados como lo fue él. Cannes bendecía a esa película dura, pero llena de esperanza, y con ella a la Nueva Ola, que creció rápido, alumbró como una supernova y luego se apagó entre contradicciones y disputas.
Los muchachos volverían a sumar fuerzas en 1968 cuando lograron clausurar el Festival de Cannes en apoyo a Langlois y a la Cinemateca Francesa. De resto, cada quien asumió el reto de orientar su carrera como mejor entendiera la vida y Truffaut se decidió por los sentimientos, por el romanticismo sin otros compromisos distintos a reflejar estados inestables del alma, casi siempre desde la primera persona del singular. Prolongó la vida y milagros de Antoine Doinel —el protagonista de Los 400 golpes— en otros tres largometrajes y un mediometraje, dispersos a lo largo de veinte años, en los que lentamente se fue despegando y distanciando de su álter ego.
Reflejó su amor por el cine negro de Hollywood en películas como Dispárenle al pianista, La novia vestía de negro o La sirena del Mississippi; se declaró defensor de la niñez maltratada y creyó en las bondades de la pedagogía (El niño salvaje, La piel dura), vio en la muerte una aliada y una amiga (El cuarto verde), jugó con éxito a a ser Hitchcock (Confidencialmente tuya), reflexionó sobre el oficio que lo hizo feliz (La noche americana), confesó su adoración por los libros (Fahrenheit 451) y se reconoció inerme ante la indecisión amorosa (Jules y Jim, Las dos inglesas y el amor, El último metro) o frente al amor loco que embriagado todo lo destruye, como en La piel suave, La historia de Adela H. o La mujer de al lado.
Ah, y quiso dejarnos en el título de una de sus películas la frase que hubiera querido para su epitafio: El hombre que amaba a las mujeres. Tal era el tamaño de su embeleso. Su cine no es de retos intelectuales ni de temeridades formales, es de identificaciones afectivas.En las películas de Truffaut nos vemos, hay que ver con qué facilidad nos encontramos en esas historias aparentemente sencillas en lo temático y en lo narrativo, pero que lograron reflejar con sinceridad lo que sentimos cuando nuestro cerebro se obnubila y es la pasión la que dicta el rumbo de nuestros actos.
Enamoradizo, Truffaut vivía así, filmaba así y por eso sus películas son tan entrañables y vigentes hoy como lo fueron el día de su estreno. Las películas de sus contemporáneos —orgullosas en su momento de su compromiso político y de su radicalismo estético— han envejecido mal, superado su discurso por los vaivenes de la historia. Se admiran, pero no se disfrutan. Pero hablar de amor, pasión, deseo, gozo y agonía nunca pasará de moda mientras existamos aquí.
Truffaut recoge las banderas humanistas de sus amados Vigo, Renoir y Rossellini y construye una filmografía modesta en sus intenciones de teorizar o pontificar, pero inmensamente rica en sus ganas de expresar el goce y el riesgo de vivir. Su cine tiembla, palpita acelerado, se agita, siente fiebre, le sudan las manos. Está enamorado, qué duda cabe.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El inútil combate: Retorno a Brideshead, de Julian Jarrold


Juan Carlos González A.

Publicado en la revista Arcadia No. 63 (Bogotá, diciembre de 2010). Pág. 44

“Solamente quería encajar”, le responde Charles a Sebastian, luego que este lo ve arrodillarse y persignarse a imitación suya al entrar a la capilla familiar del Castillo de Brideshead. Esa es la frase clave que define su conducta y a esta película, Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited, 2008), adaptación de la notoria novela de Evelyn Waugh publicada en 1945.
Charles Ryder –Ícaro tan ambicioso como dubitativo- cae deslumbrado ante el lujo de la mansión de la familia Flyte. No era difícil que eso pasara. Estudiante de primer año de historia en Oxford, pero aspirante a ganarse la vida como pintor, Charles proviene de una familia londinense modesta. En el campus conoce a Lord Sebastian Flyte, un díscolo heredero –homosexual y alcohólico- que le enseña un potosí de lujos, placeres y sensaciones a los que sencillamente no puede resistirse. Por eso trata tan desesperadamente de encajar. Esta es la historia de su fracaso, la historia de un hombre que no supo ver las fronteras de sus propias limitaciones y quiso hacer suyo un mundo al que no iba a pertenecer nunca. Lo separaba un abismo social, sexual, de fe.
Cuando la película empieza estamos en la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente es el final de este relato, pues está narrado todo en un flashback. Charles solo tiene certeza de su nombre. “En cuanto al resto, mis amores, mis odios, hasta mis deseos más profundos… ya no podría decir si esos sentimientos son míos o si se los robé a las personas que alguna vez anhelé ser. Ahora que lo pienso, hay un sentimiento que si es mío. Uno sólo entre todos los prestados y los heredados, tan puro como esa fe de la que aún sigo huyendo. Es la culpa”.
Quise reproducir ese monólogo interior de Charles, pues resume toda su lucha interna, todo ese inútil y caprichoso combate que hay entre el ser y el desear, que lo dejó solo, con la pírrica conquista de un Castillo que lo atraía como imán, pero sin los seres a los que quiso y a los que inadvertidamente tanto daño causó. Ahora siente culpa, como quien teme estar transgrediendo designios divinos. Parece que el contacto con los creyentes habitantes de Brideshead sembró algo auténtico en él. Por fortuna.
Retorno a Brideshead hace parte de un género del cine británico conocido como heritage cinema. El término fue acuñado por el crítico Charles Barr para definir a cierto tipo de películas patrioteras de los años cuarenta que hicieron directores como Carol Reed y que “reinventan y reproducen -y en algunos casos simplemente inventan- un patrimonio nacional para la pantalla”. En los años ochenta el género tuvo su periodo de esplendor, gracias sobre todo a los filmes del trío compuesto por el director James Ivory, la guionista Ruth Prawer Jhabvala y el productor Ismail Merchant, como Habitación con vista, Maurice, Howards End y Lo que queda del día. La versión televisiva de Retorno a Brideshead –protagonizada por Jeremy Irons en 1981- también contribuyó al éxito de esta tendencia de filmes de época, que pese a ser catalogada de insular, conservadora y elitista, persiste en cintas recientes como Expiación, deseo y pecado y La duquesa.
El derroche caracteriza a estos filmes en los que la arquitectura y la ambientación son tan importantes como la historia que se nos cuenta. Lograr un balance entre forma y relato es su reto. Creo que el director Julian Jarrold no alcanza a conseguirlo esta vez. Charles pasaría toda su vida contemplando el castillo de Brideshead. Nosotros quisiéramos saber realmente porqué.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Mario Monicelli ya se fue...

Juan Carlos González A.

Publicado en el periódico El Tiempo (Bogotá, 09/12/10). Pág. 16

En la noche del lunes 29 de noviembre, en Roma, un anciano se arrojó por una ventana del quinto piso del hospital San Giovanni, donde estaba internado. Casi ciego y en tratamiento para un cáncer de próstata, decide terminar con su vida, como lo hiciera su padre en 1946. Este anciano valiente tenía 95 años. Se llamaba Mario Monicelli y era un enorme director de cine.

El cine italiano pierde a un autor fundamental, el realizador que elevó la commedia alla italiana a alturas creativas insospechadas, al hacer de la inteligencia y la ironía armas subversivas de gran calibre. Monicelli fue un "revolucionario sonriente", como lo saludó el diario de izquierda Il fatto quotidiano al informar la noticia de su deceso. Se une ya a otros directores de ese género que lo antecedieron en el adiós, como Dino Risi, Luigi Comencini y Pietro Germi.

"La commedia alla italiana siempre fue un lugar crítico de la sociedad italiana sobre las condiciones políticas y económicas, un estilo de comedia fundamentalmente irónico. Siempre pensé que las ideas en el cine se transmitían mejor a través del humor, mucho más que con una estructura dramática", expresaba Monicelli hace tres años en el Festival de Mar del Plata, donde presentó su último largometraje, Las rosas del desierto. Ese fue su secreto: entender que era posible narrar con humor eventos profundamente dramáticos y dolorosos que tenían lugar en esa Italia de la postguerra y de los primeros años del boom económico.

Su carrera había adquirido notoriedad muchas décadas atrás, cuando a finales de los años cuarenta dirige al cómico napolitano Totò en una serie de graciosos largometrajes. Sin embargo, es cuando se une a los guionistas Agenore Incrocci y Furio Scarpelli -en una asociación que va a durar años- que el éxito lo visita, sobre todo por dos comedias magistrales protagonizadas por Vittorio Gassman, Los desconocidos de siempre (I Soliti Ignoti, 1958), conocida en España como Rufufú; y La gran guerra (1959), que gana el Festival de Venecia. Un ingenio inconmensurable se ve en estos filmes, el primero sobre una improvisada pandilla de ladrones condenada al fracaso, y el segundo sobre el individualismo de dos soldados que no quieren morir en la primera guerra mundial. Su cine bordearía lo dramático (Los compañeros), lo histórico (La armada Brancalone) y lo corrosivo (Un burgués pequeño, pequeño), siempre con una mirada crítica y comprometida. Dijo "basta ya" con un último gesto de entereza y rebeldía. Ahora descansa.